Autor: Juan Gargurevich (Somos Periodismo PUCP) 

Cuando llegué a la iglesia miré a todos lados. Con timidez me senté junto a la puerta apoyando la espalda contra el muro. Eran las nueve de la mañana. Los fieles entraban a misa… 

…Tendí la mano y empecé a decir ‘una caridad por la gracia divina’. Al instante un señor me dio un sol. Pensé que todo comenzaba bien. En ese momento se acercó un guardia. ‘A otro lado, viejito –me dijo-. En este lugar está prohibido, puede llegar el oficial y me echa un sermón”.

Este fue uno de los primeros párrafos que el reportero policial Isaac Felipe Montoro redactó al iniciar su crónica seriada “Yo fui Mendigo en la Gran Lima” publicado en las páginas centrales del flamante diario Expreso a partir del sábado 11 de noviembre de 1961.

Un nuevo diario para Raúl Villarán


A principios de 1961 un grupo de liberales reunió voluntades y dinero para promover la candidatura presidencial de Fernando Belaunde Terry, quien había ingresado a la política con cierto estruendo en 1956, cuando obligó al gobierno de Manuel A. Odría a inscribir su postulación.

Uno de sus más entusiastas seguidores era el millonario Manuel Mujica Gallo, ‘Manongo’ para sus amigos, quien asumió el reto de solventar un diario para promover a Belaunde en las elecciones previstas para 1962.

Y así, convencido por sus amigos, fundó una empresa y rentó el local de una imprenta en quiebra en el jirón Ica. Allí instaló una pequeña rotativa y comenzó a reclutar periodistas.

Convocó como jefe de redacción a Raúl Villarán, quien ya era poco menos que una leyenda por su éxito con el tabloide Última Hora, diario vespertino que había cambiado el rostro del periodismo en 1950. Junto con un puñado de jóvenes talentosos apostó por los temas de interés humano. Sus titulares usaban la jerga o habla popular. Prefirió el espectáculo a la política y así alcanzó cifras de venta inéditas en el periodismo limeño de entonces.

En Expreso los dueños le dieron confianza absoluta y presupuesto, y esto le permitió formar una buena planilla de redactores que darían vida al tabloide liberal de corte popular que deseaba. Entre sus mejores jales estaba Jorge Donayre, conocido en las redacciones como ‘Cumpa’, periodista talentoso, de gran creatividad.

Fue el ‘Cumpa’ Donayre, jefe de Información Local, quien comenzó a proponer reportajes de un estilo que Villarán llamaba “inactuales”. Se trataba de notas interesantes de las que se podía echar mano en cualquier momento; y la historia del periodista disfrazado de mendigo fue una de ellas.

Disfracen a ese flaco…


Entre los periodistas convocados por Villarán estaba Isaac Felipe Montoro, asignado a la sección policial dirigida por el legendario Carlos Ney Barrionuevo, quien también recibió el encargo de hacer notas inactuales.

Fue en setiembre de 1961 que Donayre reparó en el aspecto de Montoro: flaco, casi escuálido, moreno, de pelo ensortijado y enmarañado. El reportero que venía de las canteras de Última Hora escribía encorvado sobre la Underwood, con un cigarrillo a medio fumar colgando de los labios. Silencioso, discreto, no llamaba la atención. Pero luego del horario de trabajo no se negaba a acompañar a Carlos Ney y sus amigos policías a una buena celebración.

ILUSTRACIÓN: JORGE LÉVANO

Villarán y el ‘Cumpa’ Donayre le propusieron el reportaje y Montoro aceptó encantado la idea de disfrazarse de mendigo y salir a la calle a pedir limosna.

En aquella época Montoro era un alumno aplicado de derecho en la Universidad de San Marcos y compartía afanes intelectuales con su hermano Jorge, actor de teatro, que se haría muy conocido en la televisión como ‘El Poeta Hippie’.

Montoro se dejó crecer el pelo y la barba, rebuscó en su ropa vieja, consiguió zapatos rotos, un viejo sombrero, se despidió de su esposa diciéndole que viajaría al norte en misión periodística y se presentó en el diario con tal facha que por poco no lo dejan entrar.

Allí lo esperaban Donayre y el fotógrafo que sería su sombra en los cuatro o cinco días que duró la aventura. Se fue a un hotelucho del centro a dormir, a prepararse.

Soy un mendigo


“Quería saber si los mendigos podían enriquecerse, si viven mejor de lo que uno imagina. Había oído que muchos de ellos tienen negocios, que dan plata al diario, que algunos son avaros. De todo esto quería convencerme.

Salí el domingo temprano del hotel y prefería caminar hasta la iglesia de La Merced. Me sentía incómodo. Además de mi aspecto miserable, había en mí algo siniestro por mi luenga barba, mi ropa vieja y sucia, mi calzado con la suela rota”.

Fueron varias jornadas que hizo bajo el discreto resguardo de los redactores y el fotógrafo de Expreso. Cuando se decidió que era suficiente, que ya había recogido el material necesario, volvió a su casa, contó su historia, arrojó el disfraz a la basura y retornó al diario a escribir el reportaje que lo haría conocido.

Lo dividió en cuatro entregas que esperaron el momento oportuno para su publicación. Por fin fue anunciado en la primera página: “Reportero de Expreso vivió como mendigo para relatar su dramática experiencia”. Se explicaba a los lectores en el estilo favorito de Villarán y Donayre: “Perdido entre la muchedumbre, vestido con un traje miserable y cubierto su rostro por una amplia barba, Montoro ha recorrido la ciudad como un personaje anónimo. Ha vivido en hoteles de ínfima categoría y en las cuevas donde anidan la miseria y el crimen. De allí ha salido cada día para ganar el pan implorando la caridad pública”.

La primera entrega fue titulada: “Redactor de Expreso extendió las manos para tocar problema”. Cubría toda la página central con grandes fotos. La segunda, al día siguiente, se tituló: “Mi maestro ‘el rengo’ me dicta un a lección”. Y relataba una incursión a la Alameda de los Descalzos, en el Rímac, y su vinculación con un grupo de mendicantes que lo invitaron a comer. La tercera fue: “Comerciantes y mendigos han celebrado un pacto”, con el relato de la experiencia de dormir en una cueva en el viejo Cantagallo, en la ribera del Rímac. Finalmente, el martes culminó la serie con: “Contra lo que se cree la mendicidad no es un gran negocio”.

Del reportaje a la novela


Varios años después Montoro convirtió su reportaje en novela al añadir episodios poco verosímiles que no le hubieran tolerado en el diario. Con Yo fui mendigo inició su carrera de novelista. El libro fue prologado por el celebrado poeta Juan Gonzalo Rose.

Pasaron los años. Isaac Felipe siguió de cronista policial a la vez que escribía y editaba sus novelas. Siempre llevaba ejemplares consigo y los vendía barato a sus colegas y amigos. En 1981 volvió al tema periodístico con su relato Las ratas del Castillo con Raúl Villarán como el personaje central.

Se asegura que publicó unas cuarenta novelas. Hemos recogido solamente los siguientes títulos: La muerte de Mariana Altamira, El secuestro de Anastasia, La sombra de Avelina, Guerra y hambre, La fuga del zorzal, Los niños mutilados, Los demonios del rock, El abogado y el crucifijo del diablo, El botero de Talara, La doble cara de una rosa, La furia ofendida, Luz en el puerto, Hoguera en la nieve, La amante de Drácula, El acusado rojo, Callejón de la soledad… todas de corte policial, denuncia social y algunas francamente truculentas. En las librerías de viejo recuerdan todavía a ese moreno, flaco y encorvado, ofreciendo sus libros. Quizá la crítica literaria no lo haya tenido en cuenta, pero los periodistas no lo olvidaremos. Murió en noviembre de 1999, a los 76 años.